-- Bueno; esto se pone feo - murmurò entonces mirando su piè lìvido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla. Los dolores fulgurantes se sucedìan en contìnuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La atroz de garganta que el aliento parecìa caldear màs, aumentaba a la par. Cuando pretendiò incorporarse, un fulminante vòmito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo. Pero el hombre no querìa morir, y descendiendo hasta la costa subiò a su canoa. Sentòse en la popa y comenzò a palear hasta el centro del Paranà. Allì la corriente del rìo, que en las inmediaciones del Iguazù corre a seis millas, lo llevarìa antes de cinco horas a Tucurù - Pucù. El hombre, con sombrìa energìa, pudo efectivamente llegar hasta el medio del rìo; pero allì sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vòmito - de sangre esta vez - dirigiò una mirada al sol que ya trasponìa el monte. La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durìsimo que reventaba la ropa. El hombre cortò la ligadura y abriò el pantalòn con su cuchillo: el bajo vientre desbordò hinchado, con grandes manchas lìvidas y terriblemente dolorido. El hombre pensò que no podrìa jamàs llegar èl solo a Tucurù - Pucù, y se decidiò a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacìa mucho tiempo que estaban disgustados. La corriente del rìo se precipitaba ahora hacia la costa brasileña y el hombre pudo fàcilmente atracar. Como un animal que tiene el espinazo quebrado, se arrastrò por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedò tendido de pecho. - ¡ ALVES! - Gritò con cuanta fuerza pudo: y prestò oìdo en vano. - ¡ Compadre Alves! .....¡No me niegue este favor! - rugiò de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio hostil de la selva excesiva, no se oyò un rumor. El hombre pudo llegar hasta su canoa, y la corriente, cogièndola de nuevo, la llevò velozmente a la deriva. El Paranà corre allì en el fondo de una inmensa hoya volcànica cuyas paredes, altas de ochenta metros, encajonan fùnebremente al rìo. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro tambièn. Adelante, a los costados, detràs, la eterna muralla lùgubre, en cuyo fondo el rìo arremolinado se precipita abrièndose en borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo y reina en èl un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombrìa y calma, cobra una majestad ùnica. |